- ¿Dios?, estás ahí?
- Sí
- Puede que me este metiendo en lo que no me importa, pero tengo que mencionar algo que tengo en mente...
- Adelante.
- No me gusta ese versículo: "Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?", No suena a ti, no suena a algo que Tú pudieras decir.
Por lo regular me encanta cuando Tú hablas. Escucho tus palabras, me imagino el poder de Tu voz. El trueno de tus órdenes, el dinamismo de tus dictámenes.
Eso es lo que me gusta escuchar.
¿Recuerdas la canción de la creación que cantaste en la eternidad insonora? ¡Ese sí eras Tú!, ¡Ése era un acto de Dios!
Y cuando Tú le ordenaste a las olas del mar que se movieran y éstas rugieron, cuando ordenaste a las estrellas que se desplegaran y se desplegaron o cuando proclamaste que la vida viviera y todo comenzó, o cuando soplaste aliento de vida en la nariz de barro de Adán. Ése eras Tú en tu mejor forma. Ésa es la forma en que me gusta oírte. Ésa es la voz que me gusta oír.
Por eso no me gusta ese versículo, ¿Eres Tú realmente el que habla? ¿Son esas tus palabras? ¿Esa es en realidad tu voz? La voz que envolvió en llamas una zarza, abrió el mar rojo y mando fuego del cielo?
Pero esta vez tu voz es diferente.
Observa la oración. Hay un “por qué” al principio y unos signos de interrogación. Tú no haces preguntas.
¿Qué sucedió con el signo de admiración? Esa es tu marca de fábrica. Esa es tu rubrica. El signo tan asombroso y fuerte como las palabras que encierra.
Es así en tu orden a Lázaro “¡Ven Fuera!” o cuando echabas fuera demonios “¡Salid!” o cuando caminabas sobre las aguas e instabas a tus discípulos “¡Tened ánimo!”
Tus palabras merecen un signo de admiración. Son como el sonido de tambores al final de la batalla, el cañonazo de la victoria, el estruendo de los carros conquistadores.
Tu palabra es así, un estruendo de cañones que puede llamar a la victoria a sus soldados ¡Habla, Dios! Tú eres el signo de admiración de la vida misma.
Entonces ¿Por qué el signo de interrogación en tus palabras? en esta ocasión pareces frágil, débil y a punto de quebrarte. Como si estuvieras cansado. Ojalá lo hubieran considerado para hacerte ver como te solemos ver en otras ocasiones: fuerte o majestuoso.
Y puesto que estoy diciéndote esto, tampoco me gusta la palabra “desamparado” me parece irónico pensar: la fuente de la vida ¿desamparada? El dador de amor ¿solo? El padre de todo ¿Aislado?
¡Vamos! Seguramente no quieres decir eso ¿Puede sentirse abandonada La Deidad?
¿No podríamos cambiar la oración un poquito?. Solo el verbo.
- ¿Qué sugerirías?
- ¿Qué te parece, Pruebas? “Dios mío Dios mío por que me pruebas?” ¿No está mejor? Ahora podemos aplaudir.
Ahora podemos levantar pendones dedicados a ti. Ahora podemos enseñarles con orgullo a nuestros hijos este versículo. Ahora tiene sentido. ¿Ves? Eso te hace un héroe. La historia está llena de héroes.
Y ¿Quién es un héroe sino aquel que sobrevive una prueba?
O, si te parece bien, tengo otra sugerencia. ¿Por qué no: afligir? “Dios mío Dios mío por que me afliges?” sí, eso es. Ahora eres un mártir resistiendo por la verdad!. Un patriota herido por el mal. Un noble soldado que llevo la espada hasta el final; ensangrentado y magullado, pero victorioso.
Afligido es mucho mejor que desamparado Tú eres un mártir junto con los demás santos.
¡Tú eres Dios! Tú no podrías estar desamparado. Tu no podrías quedarte solo. Tú no podrías sufrir el abandono en tu momento más doloroso.
Desamparo. Ese es el castigo para un criminal. Desamparado. Ese es el sufrimiento soportado por el más malvado. Eso es para los viles… no para Ti No Tú, el Rey de reyes. No Tú. El Principio y el Fin. Después de todo ¿No te llamo Juan el Bautista, Cordero de Dios?
¡Qué clase de nombre! Eso es lo que tú eres. El Inmaculado. El intachable Cordero de Dios. Puedo oír a Juan decir las palabras. Puedo verlo levantar sus ojos. Puedo verlo sonreír y señalarte y proclamar en voz lo bastante alta para que todo el Jordán lo oyera “He aquí el Cordero de Dios”. Y antes que termine de hablar, todos los ojos volverse a ti. Joven, piel tostada, robusto. Hombros anchos y brazos fuertes.
He aquí el Cordero de Dios
-Te gusta este versículo?
- Seguro que sí, Dios. Es uno de mis favoritos. Te representa completamente. El cordero de Dios, ése eres Tú.
- ¿Y qué te parece la segunda parte?
- ¿Qué?
- La segunda parte del versículo.
- Hmmm, déjame ver si lo recuerdo… “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” Es así, Dios?.
- Así es, piensa en lo que el Cordero de Dios vino a hacer.
- “Que ha venido a quitar el pecado del mundo”… espera un minuto. “Quitar los pecados…” Nunca había pensado en esas palabras.
Las había leído pero nunca había pensado en ellas. Pensé que Tú simplemente, no sé, enviarías el pecado lejos, lo desterrarías. Pensé que tú sencillamente te pararías frente a las montañas de nuestros pecados y les dirías que se fueran. Tal como dijiste a los demonios. Tal como les dijiste a los hipócritas del templo.
Pensé que Tú le ordenarías al mal que se fuera. Nunca observé que Tú lo quitaste. No se me ocurrió que Ti lo tocaras en realidad… o peor todavía: que el pecado te tocara a Ti.
Ese debe haber sido un momento horrible. Sé lo que es ser tocado por el pecado Sé lo que es oler el hedor de esa cosa. ¿Recuerdas como yo era? Antes de conocerte, yo me revolcaba en esa inmundicia. Y no solo lo toqué, yo lo amaba, lo tragué, bailé con él. Yo estaba cubierto de él.
¿Pero para qué digo esto? Tú te acuerdas. Tú fuiste el que me vio. Tú fuiste el que me encontró. Yo estaba solo. Tenía miedo. ¿Recuerdas?
¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué tuve que sufrir tanto?
Sé que no es una gran pregunta. Sé que no es la pregunta correcta. Pero era todo lo que yo sabía preguntar.
¿Ves, Dios?. Me sentía confundido, desolado y sin esperanza. El pecado te hace eso. El pecado te deja arruinado, huérfano, a la deriva. El pecado te deja desamp…
Ay, Ay
Oh Dios mío. ¿Qué es lo que pasó? ¿Quieres decir que el pecado te hizo lo mismo que a mí?
Oh lo siento mucho. Lo siento mucho. No sabía. No había entendido. Tú estabas realmente solo ¿verdad?
Tu pregunta era real, ¿no fue así, Jesús? Realmente tenías miedo. De verdad te sentías solo. Como yo lo estaba. SOLO QUE YO LO MERECIA, TÚ NO!.
Perdóname… hable sin pensar…
Y los Ángeles guardaron silencio (Capitulo 25) by Max Lucado